EL PÁDEL de deporte de élite a símbolo de una nueva generación

El pádel nació lejos de los grandes estadios y de los circuitos profesionales. Su origen se sitúa en el México de finales de los años sesenta, cuando el empresario Enrique Corcuera adaptó una pista en su residencia de Acapulco. A través de sus relaciones personales, aquel nuevo deporte llegó a Marbella de la mano del príncipe Alfonso de Hohenlohe y comenzó a practicarse en clubes vinculados a empresarios, aristócratas y miembros de la alta sociedad.

Antes de convertirse en un deporte popular, el pádel fue un deporte de élite.

Décadas después, la historia parece cerrar parcialmente el círculo. El pádel se ha democratizado enormemente, especialmente en España y Argentina, pero al mismo tiempo ha vuelto a adquirir un significado particular entre ejecutivos, profesionales tecnológicos, inversores y nuevas generaciones con estilos de vida marcadamente aspiracionales.

Medios como The Information han llegado a describir cómo parte de la élite tecnológica estadounidense está dejando atrás el pickleball para obsesionarse con el pádel. No parece tratarse únicamente de deporte. Una pista ofrece algo que encaja especialmente bien con determinados círculos profesionales: competición, conversación, relaciones sociales y networking en apenas una hora. Y quizá ahí esté una de las claves de su éxito actual.

Una nueva forma de entender el estatus

Durante décadas, el éxito profesional tuvo símbolos bastante reconocibles: despacho propio, traje, coche, vivienda y una carrera corporativa estable. Para una parte de los últimos millennials y de la primera Generación Z, esos códigos están cambiando.

Surge una generación que concede más importancia a las experiencias, la libertad, el bienestar, el tiempo y el entorno en el que se mueve. Algunos se autodefinen, especialmente en determinados entornos latinoamericanos, como pertenecientes a una especie de “clase premium”. No es una categoría sociológica establecida, sino una forma de expresar diferenciación y pertenencia.

Otros encajan dentro de lo que hemos denominado Ascenders: profesionales que entienden el progreso como un proceso permanente de evolución. No importa necesariamente dónde comenzaron. Lo que los define es hacia dónde quieren ir.

No significa que la oficina vaya a desaparecer. Significa que el profesional quiere decidir con mayor libertad cómo integrarla en su vida.

No quieren trabajar menos. Quieren vivir diferente

Existe una interpretación frecuente según la cual estas generaciones simplemente quieren trabajar menos; probablemente sea una explicación demasiado sencilla. Muchos de estos profesionales son extraordinariamente ambiciosos. Estudian después de los treinta o cuarenta años, aprenden nuevas tecnologías, crean proyectos paralelos, cambian de profesión, trabajan desde otros países o continúan formándose mientras mantienen una actividad profesional intensa. Lo que cuestionan no es necesariamente el esfuerzo.

  • Cuestionan para qué, dónde y bajo qué condiciones merece la pena realizarlo.
  • Quieren progresar profesionalmente, pero también entrenar.
  • Quieren ganar dinero, pero también viajar.
  • Quieren reconocimiento, pero también autonomía.
  • Quieren pertenecer, pero sin quedar atrapados.
  • Y quieren mantenerse jóvenes no solamente en apariencia, sino en conocimientos, hábitos y mentalidad.

El pádel como código de pertenencia

Eso ayuda a entender por qué el pádel encuentra un terreno tan favorable entre estos perfiles. No hace falta pertenecer a una élite económica para jugar. Pero el deporte conserva todavía ciertos códigos asociados a modernidad, relaciones profesionales, bienestar y aspiración. Es accesible, pero mantiene una cierta capacidad de diferenciación. Es competitivo, pero social. Es deportivo, pero también relacional.

Es precisamente esa mezcla la que probablemente explique por qué vemos cada vez más una imagen que hace veinte años habría resultado mucho menos habitual, «Portátil por la mañana, reunión online por la tarde y partido de pádel al terminar».

Quizá no sea solamente una moda deportiva, quizá el pádel esté convirtiéndose en uno de los pequeños símbolos de una generación que está modificando simultáneamente su manera de trabajar, relacionarse, cuidarse y entender el éxito. Una generación que no quiere necesariamente vivir como la élite tradicional. Quiere construir su propia versión de una vida mejor.

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